Este texto no incluye tres pasos para algo

No quiero otro curso que me enseñe a vivir. La frase apareció así en mi cabeza hace unos días después de bañarme. La anoté en un chat conmigo misma para no olvidarla. No estoy segura de qué vi ese día en redes, o si recibí algún correo. No sé por qué sentí mi propia voz gritar esa frase en la mente. Al escribirla en el celu empecé a pensar si yo misma a veces no caigo en la tentación marketinera de prometer cambios increíbles con un taller, o con lo que sea que me toque promocionar. Tanto si lo hago para algo propio o en colaboración con alguna marca, hay un mandato muy explícito: para vender necesitamos resolver necesidades, y esa promesa de resolución se vuelve cada día más absurda.

El universo de las redes sociales provocó que proliferen las propuestas de todo tipo, cada vez son más las cosas que si aprendés tu vida va a cambiar para siempre. La cosa va desde el propio manejo de redes, pasando por todo tipo de ejercicios físicos, y sigue por los consejos para todo tipo de dietas y gustos. Cómo vestirte, cómo cuidarte la piel, cómo eliminar el moho, cómo cuidar las plantas, niños, mascotas, adultos, a vos misma, a tu pareja. Trabajar remoto, hacer asado, manualidades, ahorrar, invertir, reciclar casas, combatir insectos, ordenar el placard… la vida se está transformando en un inmenso tutorial contradictorio. Porque hay que decirlo: un reel te dirá que la cáscara de huevo picada será la gloria en tus macetas y el siguiente te dirá que ese método no sirve.

¿Cómo pasó que necesitamos un GPS para ir a diez cuadras de nuestra casa y otro para todo lo que hacemos?

Acá viene el momento confesión: probablemente sea mi cosa favorita en el mundo aprender cosas de todo tipo. Así que podría decirse que soy la presa ideal de la picadora de carne que son las redes sociales y sus cursos eternos. Sin embargo, tardo muchísimo en encontrar a cuál de todas esas propuestas le voy a entregar mi atención y mi dinero. Mi molestia, creo, radica en que con el aumento de la oferta también aumentó mi tarea de separar la paja del trigo. No diría que me volví experta (aunque un poco sí) en detectar falsas promesas. Siempre me molestaron, pero ahora simplemente me saturaron.

Personas que respetaba y de cuyos contenidos disfrutaba empiezan a usar IA en sus textos y no puedo evitar preguntarme si más allá de simplificar la tarea de postear no estarán sus mentes siendo colonizadas por las máquinas y sus propuestas bajando la calidad.

Pero volvamos a la frase inicial: no quiero otro curso que me enseñe a vivir… hay algo tremendo en la lógica de “con esto tu vida va a ser un antes y un después”, una especie de “antes hacías todo mal pero con esto que yo te voy a enseñar vas a descubrir el éxito”. Algo muy soberbio en asegurar que incluso si de buena fe estás compartiendo algo que te funcionó, eso va a funcionar para todo el mundo.

Renata Salecl cuenta en su libro La tiranía de la elección sobre un experimento que hizo una periodista* quien durante dos años vivió de acuerdo a los preceptos volcados en libros de autoayuda. Todos esos consejos para vivir mejor se convirtieron en un cóctel infernal. Una experiencia abrumadora que concluyó en padecimientos de su salud mental. En el libro de Salecl aparece una cita de esta autora que intenta arrojar luz a la pregunta de por qué las personas eligen seguir estos consejos. La respuesta que ella plantea es que, frente a todo lo que abruma a las personas adultas, sentimos alivio cuando alguien nos dice qué hacer.

Puede que sea cierto pero este alivio —que dura lo mismo que cuando alguien nos indica la calle por la que ir en una ciudad desconocida— se transforma rápidamente en pérdida constante y progresiva de nuestra autoestima. Cada vez somos menos capaces de vernos como personas que pueden tomar sus propias decisiones. Seguro un gurú digital o un curso para trabajar tu intuición te hará perderla en el laberinto de consejos para “acceder” a ella. Cada plan que nos proponen y no sale como esperamos (da igual si nunca iba a funcionar independientemente de cómo se aplique) va erosionando nuestra autoimagen. Esta palabrita representa mucho más que cómo nos vemos en el espejo: nos habla también de cómo nos autopercibimos con respecto a nuestras capacidades.

Quiero que sea normal “perder” un poco de tiempo pensando en cómo arreglar algo que se rompió en casa. Porque ese tiempo perdido se transforma en confianza y seguridad ganadas. No se aprende a caminar viendo un tutorial, el aprendizaje se da por prueba y error. Por ahora, al menos, a nadie le parecería lógico decirle a un bebé que en vez de perder tiempo gateando se vea unos shorts en YouTube de cómo caminar de forma efectiva antes del año.

Los libros de autoayuda no nacieron en el siglo XX, pero tuvieron su auge a finales del siglo pasado, y aún hoy ocupan grandes superficies en las librerías. Con el tiempo ampliaron sus temáticas y su legitimidad. Seguramente algunos de ellos sean buenos y mucho más que meros manuales devaluados. Quizás incluso alguno te haya realmente ayudado y cumplido su promesa. Alguno ha tenido ese efecto en mí. No se trata de estigmatizar a lectores ni escritores, pero sí poner la atención en una industria que nos mantiene cada vez más zombies mientras nos ofrece un mundo infinito de posibilidades. Creo que podemos rastrear en los libros de autoayuda el germen de lo que está pasando en el universo de los cursos milagrosos: las redes hicieron lo que hacen con todo, expandieron esta lógica consumista al infinito. Si siempre hay algo que aprender que te puede cambiar la vida, siempre habrá algo que venderte.

Se termina el año y quizás la promesa que puedo hacerme a mí misma para el 2026 es darme el tiempo de descubrir cómo hacerlo. No tratar de que sea ni más rápido ni más perfecto. Tomar y dar cursos, leer y escribir sobre temas que no nos cambien la vida, simplemente nos hagan pensar, a veces nos entretengan y, sobre todo, que estimulen la curiosidad de salir a aprender con todos los sentidos.

Noe Abad.

Jennifer Niesslein, editora y escritora, publicó en 2007 el libro “Practically Perfect in Every Way” (Casi perfecta en todos los sentidos).

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